Nosotros éramos unos pibes que íbamos a ver los goles de Roque pero había algo mejor que los goles de Roque. Mejor porque Roque, que mientras hacía los goles se concentraba con sus ojos raros y su cara angulada, se transformaba en un hombre de sonrisa fugaz y tímida cuando oía la canción que soltábamos apenitas después del gol. “Racing toque, Racing toque, que los goles los hace el Roque” desafinábamos luego de gastar el paladar en el instante en el que Roque guardaba la bola en la red. Pasada la sonrisa fugaz y tímida, Roque -que en El Gráfico, en las radios y en los diarios fungía como el 9 mendocino Roque Avallay- alzaba los brazos y se acomodaba para seguir jugando, para soñar otro gol.

La canción la habíamos heredado de la gente de Huracán, que, por supuesto, entonaba “Globo toque, Globo toque, que los goles los goles los hace Roque”, con toda justicia porque, en Parque de los Patricios, Avallay había sido parte decisiva del equipo campeón y sinfónico que armó el Flaco Menotti en 1973. Aquellos versos felices de las hinchadas resultaban incompletos porque Roque, además de los goles, ejercía fenómeno el toque y el pique corto y el freno y la sorpresa. Pero un futbolista así no podía ser retratado por los poetas de dos oraciones y tampoco importaba porque a él parecía resultarle suficiente con unos compases y hasta acaso lo hubiera incomodado que se dijera más.

Fue una pena que una lesión lo marginara unos días antes del Mundial de 1974. Sin embargo, se levantó y volvió a brillar, recorriendo una ruta idéntica a las que, sin hacer barullo, desandó para rehacerse de alguna frustración en sus primeros años como profesional. Era crack de las áreas y crack de los silencios, Roque. Quizás por eso prefería que la multitud lo nombrara como a los ecos que enseguida se van.

Ahora que los medios recuperan su historia para avisar que se murió, da la sensación de que el viento está apenado y trae, desde algún escondite, la vieja música: “Que los goles los hace Roque”. Entonces, nuestra historia de pibes desafinados se sube al viento y canta de nuevo ese canto en el que la sonrisa de Roque, como las memorias entrañables, brota tímida y fugaz pero dura para siempre.

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